miércoles, 12 de febrero de 2014

Procastinadores del mundo: Uníos (pero ya si eso mañana) Ocio vs trabajo

Ya sé que prometí una foto semanal. También prometí un artículo semanal e incluso un artículo de opinión semanal. Entrevistas no prometí pero dije que colgaría con cierta asiduidad. Pero los procastinadores somos así: perennes ociosos, vagos incorregibles. Solemos aplazar acciones que todo el mundo considera de vital importancia y dispensarnos con un maravilloso atardecer o disfrutando de la maravillosa sensación de ver como se detiene el tiempo cuando te quedas un rato haciendo nada.

La perversa sociedad postindustrial en la que nos movemos nos quiere convencer de que lo nuestro es una enfermedad. Pero yo me pregunto, ¿quién está más enfermo? ¿el que participa de esta absurda dinámica consumista en la que uno pasa la vida trabajando para pagarse cosas que no necesita y de paso poner su granito de arena en el colapso medioambiental de nuestro planeta -el único que tenemos- o el que deja de lado "lo importante" desde la mirada puramente economicista-productivista y se centra en lo fútil, en lo banal, en lo superficial o quizá en lo humano? Porque lo que define a un procastinador es que nunca deja de lado tareas que merecen la pena ejercerse y es ahí, en la inversión de valores que opera en la mente ociosa del procastinador dónde hayamos el quid de la cuestión.

Frente al derecho al trabajo, yo reivindico el derecho a no estar obligado a trabajar para garantizar tu subsistencia. Ello permitiría afrontar de una vez el problema de la justicia social, dar un respiro al planeta, detener un modelo productivo suicida y recuperar modos de relación comunitarios que hoy día parecen muy alejados del de esas sociedades primitivas que tantas lecciones podrían enseñarnos, si bien no en materia tecnológica si en el terreno de la relación entre los hombres y entre estos y el entorno. Porque a los procastinadores no se les cura con un psicofármaco, se les cura cuando no les obligas a realizar tareas que no le aportan nada. O mejor dicho: tareas que o sólo le aportan riqueza material o realiza coaccionado  (las formas de dominación de nuestras actuales desarrolladas son complejísimas) o ambas cosas a la vez.


domingo, 26 de enero de 2014

Microrrelatos pre-electorales I

 -¡No nos falles! -le gritaban al flamante eurodiputado tras conocerse que había arrasado entre el electorado de izquierdas.

Él, miró al lumpen y sintió por fin que todas sus apariciones en los mass habían merecido la pena. Borregos... pensó, mientras les dedicaba la mejor de sus sonrisas.




miércoles, 22 de enero de 2014

Televisión y parlamentarismo




La gran victoria del parlamentarismo es dejar votar a todo el mundo. Y además, que todo voto valga exactamente igual. El voto de Belén Esteban, el de los participantes de Mujeres,Hombres y Viceversa. El voto de los participantes de Gandía Shore o el de ese vecino que dice "yo no soy racista, soy ordenado muahahahaha" y ese familiar que afirma " eso es asin porque lo dijeron en la tele" valen lo mismo que el tuyo. El voto es tan democrático como el share, por eso Telecinco lidera las audiencias y el PP desgobierna la nación. Y la democracia es un juego que atiende a los intereses de unos pocos y en el que gana el que mejor manipula a las mayorías. Vamos, como en la tele. Por eso quizá la tele ha contribuido tanto al asentamiento del parlamentarismo. O no, no sé... ¡me piro que empieza el programa de Mariló Montero!

jueves, 26 de diciembre de 2013

Canción de la semana en Disidentecontrayente: Je Veux. Isabel Geffroy (Zaz)



Je veux

 
Donnez-moi une suite au Ritz, je n'en veux pas
Des bijoux de chez Chanel, je n'en veux pas
Donnez-moi une limousine, j'en ferais quoi ?
Offrez-moi du personnel, j'en ferais quoi ?
Un manoir à Neufchatel, ce n'est pas pour moi
Offrez-moi la Tour Eiffel, j'en ferais quoi ?
Je veux de l'amour, de la joie, de la bonne humeur
Ce n'est pas votre argent qui fera mon bonheur
Moi je veux crever la main sur le coeur
Allons ensemble, découvrir ma liberté
Oubliez donc tous vos clichés
Bienvenue dans ma réalité
J'en ai marre de vos bonnes manières, c'est trop pour moi
Moi je mange avec les mains et je suis comme ça
Je parle fort et je suis franche, excusez-moi
Finie l'hypocrisie, moi je me casse de là
J'en ai marre des langues de bois
Regardez-moi, de toute manière je vous en veux pas et je suis comme ça !
Je veux de l'amour, de la joie, de la bonne humeur
Ce n'est pas votre argent qui fera mon bonheur
Moi je veux crever la main sur le coeur
Allons ensemble, découvrir ma liberté
Oubliez donc tous vos clichés
Bienvenue dans ma réalité

Darme una habitación en el Ritz, no lo quiero
Las joyas de la casa Chanel, no lo quiero
Darme una limusina, que haría con eso?
Ofrecerme personal, que haría con eso?
Una mansión en Neufchâtel*[1], eso no es para mi
Ofrecerme la Torre Eiffel, que haría con eso?
Quiero el amor, la alegría, el buen humor
No es su dinero el que sera mi felicidad
Yo quiero morir con la mano en el corazón
Ir juntos, descubrir mi libertar
olvide entonces todos sus clichés (prejuicios)
Bienvenido a mi realidad
Estoy cansada de sus buenos modales, es demasiado para mi
Yo como con las manos y soy como soy
Hablo fuerte y soy franca, discúlpeme
Termine la hipocresía, yo me salgo de eso
Estoy cansada de las dobles lenguas*[2]
Míreme, no estoy tan loca como usted, soy como soy
Quiero el amor, la alegría, el buen humor
No es su dinero el que sera mi felicidad
Yo quiero morir con la mano en el corazón
Ir juntos, descubrir mi libertar
olvide entonces todos sus clichés (prejuicios)
Bienvenido a mi realidad


¿A qué estás dispuesto por un trabajo?

Te ganarás el pan con el sudor de tu frente,
    hasta que vuelvas a la misma tierra
    de la cual fuiste sacado.
Porque polvo eres,
    y al polvo volverás

Génesis 3:19






Trabajo viene del latín tripalium, que significaba literalmente ‘tres palos’ y era un instrumento de tortura formado por tres estacas a las que se amarraba al reo.

lunes, 23 de diciembre de 2013

El relato de los lunes. Hoy: "22 minutos"


Allí estaba Juan. Las 3 de la madrugada, asomado por la ventana e imaginando las estrellas que la contaminación lumínica siempre impedían ver en una ciudad tan descomunal como Madrid. Demasiadas personas, muy pocas estrellas. Pensaba que la proporción era muy desigual y que era necesario encontrar un sitio donde vivir en el que el equilibrio entre personas y estrellas fuera posible. Un sitio en el que viviesen las suficientes personas como para ser capaces de observar las noches estrelladas. Un lugar que respetase los tiempos: el día, para trabajar, para vivir, para relacionarse. La noche, para follar, para pasear, para pensar en la inmensidad del universo contemplando las estrellas junto a tu chica, o para descansar. En la ciudad apenas da tiempo a esas cosas porque hace tiempo que los días se suceden y todo es tan sumamente homogéneo, que el día le ha ido ganando terreno a la noche hasta el punto de no distinguirse el uno del otro. Al igual que la decadencia y la mediocridad le han ido ganando terreno a la creatividad.

Juan seguía mirando al cielo y se seguía haciendo preguntas. Pensaba, que quizá todo era mucho más fácil de explicar. Quizá el hecho de que Júpiter se encontrase alineado con Marte era el responsable de  sus desgracias. Eso le tranquilizaba apenas una fracción de segundo, una pequeña fracción en la que era capaz de engañarse y no reconocer su amplio porcentaje de responsabilidad en lo que le pasaba con las decisiones que había ido tomando a lo largo de la vida. Pero no me vais a decir que la idea de que fuésemos marionetas de un destino marcado por la posición de los astros es algo que se vende muy bien porque es enormemente más complicado asumir nuestra responsabilidad.

Definitivamente, Juan decidió volver a la habitación de hotel, hotel sórdido de 150 euros la noche. Sórdido no por la decoración, que era espectacular, con piscina incluida alrededor de la habitación, cuya cama y acceso al exterior constituía una pequeña isleta. Sino por los actos que solían desarrollarse allí. Auténtico feudo de la mentira y la manipulación, de las promesas incumplidas. Templo a la egolatría.

A veces se preguntaba porque somos tan infieles. Porque crecen las agencias que hoy día planifican encuentros sexuales entre desconocidos casados. Y pensaba que, en el fondo, lo que nos mueve a actuar así proviene de la propia condición humana. Pero no de la inclinación a la poligamia. Algo de lo que no estaba tan seguro. Sino de algo más humano, infinitamente más humano aún: la necesidad de sentirnos deseados. Si, como en aquel cuento de Kundera que leyó el verano pasado en el que su protagonista, casado, siente la necesidad de tontear con infinidad de señoritas, aunque luego no se acuesta con ellas. Él sólo desea engordar su ego, saber que le siguen deseando. Y con eso le basta, no quiere ni desea acostarse con ellas. No es lo que busca.

Juan volvió a la cama, agotado por tantos pensamientos como se agolpaban en su cabeza. No paraba de pensar en su novia, que le había abandonado fruto de sus continuas infidelidades. Tampoco podía dejar de pensar en su trabajo, los malditos recortes le habían terminado afectando y ahora ya era demasiado tarde para emprender la lucha por defender sus derechos. Volvió a la cama y Pedro giró la cabeza, abrió sus preciosos y rasgados ojos verdes, y con voz dulce le preguntó:

-¿Qué haces despierto, tontorrón? 

Acto seguido, comenzó a besarle el cuello. Y a Juan enseguida se le olvidaron sus elevadas reflexiones. Se dejó llevar por la pasión, y ya sólo deseaba besarle y acariciarlo, hasta encontrar su entrepierna y empezar a devorar su enorme pene. Muchas veces fantaseaba con comerse una polla como la suya. Incluso, y eso es lo que le llenaba de desesperación, mientras follaba con su novia. Ella, evidentemente no sabía que muchas de sus infidelidades fueron con hombres. Le pilló con su cuñada únicamente, lo que costó no sólo su relación sino la de dos hermanas hasta el momento inseparables. No era el momento de sincerarse, pensó, ni de echar más leña al fuego confesando sus relaciones con otros tíos que conocía en Internet.

Él nunca se consideró homosexual ni bisexual. Nadie conocía lo mucho que le gustaba comer pollas, y de hecho se engañaba pensando que todo era fruto de un mal momento y puro vicio. No quería recordar que ya había tenido experiencias homosexuales desde su más temprana edad. Como aquella vez que con 12 años se la chupó a un compañero de colegio. O a los 17, cuando le penetraron por primera vez.


El caso es que, volviendo a la cama, allí se encontraban nuestros ocasionales dos amantes. De nuevo dispuestos a gozar el uno con el otro y dejarse llevar por la pasión. Durante 22 minutos, Juan volvió a ser feliz. Durante 22 minutos, no pensó en su trabajo y en su novia. Durante 22 minutos, ni siquiera pensó en que era muy probable que le quedasen unos meses de vida. Durante 22 minutos, se olvidó de todo e hizo lo que verdaderamente deseaba. Durante esos 22 minutos, dejó de fingir ser otro. Durante esos 22 minutos se quitó esa mascara que a fuerza de haberla llevado puesta tantos años ya formaba parte de su piel.