Allá por el año 2007 conocí a una sensacional jovencita, llamada que se yo, digamos que A. Yo tenía 22 años y ella 19. Mi vida era un caos absoluto, luego se estabilizaría hacía el caosmos. Daba tumbos por aquel entonces de curro precario en curro precario (yo prefiero en realidad llamarlos por su nombre, curros de mierda), compartía piso céntrico en Alcalá sin saber muy bien cómo llegué hasta allí con tan particular compañera, y seguía matriculado en filosofía aunque en honor a la verdad he de decir que iba más bien poco. Estaba más preocupado en hacer tres comidas diarias que en seguir el ritmo de aquellas clases, entre las que por aquel entonces se encontrarían materias tan infumables como Filosofía medieval o Latín.
El caso es que, por aquel ya lejano año, como os decía, conocí a A. Y poco a poco, se fue haciendo imprescindible en mi vida. Ella no acaba de comprender que lo más bonito que un hombre te puede decir es que te quiere tanto que no se va a casar contigo. No me lo ha perdonado aún, pero yo no cejo en mi empeño por explicar que nuestra unión no entiende de contratos, que está mas allá de eso.
Fueron pasando los años y fui cada día que pasaba más feliz. Que no os engañen querides amigues: una pareja no tiene que ser parecida para que funcione, no se tienen que convertir en un sólo ser. Nuestras diferencias, que las hay y palpables, creo que nos enriquecen por igual a los dos. Lo otro, no deja de ser anulación de la individualidad.
Pero no voy a hacer un recorrido por todos estos años, en los que ella siempre ha estado presente dando sentido a cada día, sino que me voy a saltar esa parte para avanzar hasta hoy. Hace ya algunos días que he sabido que vamos a ser padres, y fijaos que tontería, me siento muy afortunado. Por el hecho de la paternidad y por poder permitirme el lujo de compartir la experiencia más bonita de mi vida junto a la persona que amo. Si me dicen en el 2007 cuando nos conocimos que terminaríamos siendo papis no me lo creo, pero visto con perspectiva parece el capítulo perfecto para cerrar la primera-y larga temporada- de la serie de mi vida, que me ha quedado líneal y algo ñoña. Pero os prometo que en la segunda, ya con un nuevo integrante que viene para quedarse, nos vamos a divertir de lo lindo. Ser padre a tu lado es genial y quizá esto, como lo de las maratones, sólo es algo que comprenden los que lo han vivido.
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