Aquellos juicios despertaron una enorme polémica, puesto que los cuatro jueces encargados de dictar sentencia procedían de las cuatro potencias vencedoras, y se alegó que los vencedores no podían ser justos jueces de los vencidos. Sin embargo, tras unas interminables sesiones, y casi 11 meses de juicio, 19 de los 22 dirigentes nazis fueron condenados y el mensaje que parecía querer trasmitirse con ello era que nunca más atrocidades como las cometidas por el régimen nazi se pasarían por alto.
Pero nada más lejos de la realidad. Las imágenes del espeluznante asesinato de Gadafi, a manos de decenas de mercenarios, parecían transportarnos bastante atrás en el tiempo. A él, como a Bin Laden, se le ha negado lo que se le concedió a los protagonistas del mayor exterminio de la historia de la humanidad: un juicio. Probablemente no interesaba lo que esos dos señores, otrora aliados de Occidente, pudieran declarar ante un tribunal internacional. Y se les ha asesinado con premeditación y alevosía, cuando y cómo han querido.
Desde que el FMI reconoció a los golpistas libios financiados por las potencias occidentales como legitimos representantes de Libia, se abrió la veda para el reparto de los abundantes recursos naturales de un país que hace tiempo ya se han repartido, principalmente, EEUU, Francia y reino Unido. Países como Rusia, que se opusieron desde el inicio al desembarco neoimperialista, son los que saldrán perdiendo en el reparto del botín de los piratas occidentales. Sin olvidar otra parte que a menudo se nos escapa, que también forma parte del botín, a saber: los activos financieros libios depositados en bancos extranjeros que ya han sido confiscados.
Y mientras, el Tribunal penal Internacional sigue mirando hacía otro lado. Institución digna dónde las haya sobre el papel, podrida y nauseabunda en la práctica, silenciada y sin margen de maniobra cuando están en juego los intereses de las potencias occidentales.
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