martes, 18 de octubre de 2011

Steve Jobs, Diógenes y el tonel

Estos últimos días hemos vivido un auténtico aluvión de sinceros homenajes a la figura de Steve Jobs, quién ha monopolizado las redes sociales y ha gozado de una cobertura en los medios de comunicación de todo el globo desmesurada.Todos coinciden en situarlo como uno de los grandes genios de nuestro siglo, mientras en Apple se frotaban las manos sólo de pensar las ganancias que les puede reportar el último becerro de oro de la compañía de la manzana, el Iphone 4s.

No quiero minusvalorar al bueno de Jobs, pero todo ello creo que nos debe servir para efectuar una sincera reflexión sobre la clase de sociedad que tenemos, que estamos construyendo. En 1958, Hannah Arendt alertaba sobre los peligros que conlleva la escisión entre lo que somos capaces de pensar y lo que somos capaces de fabricar. Era lo que ella denominaba "el regreso del animal laborans", el mal de nuestro tiempo: convertirnos en esclavos de nuestros propios objetos. Un mundo de objetos prefabricados, de usar y tirar, de los que nos servimos como autómatas, un mundo sin sentido.

En 2011, el diagnostico de Arendt sigue siendo acertado. Los actuales recortes sociales, los bajos salarios y la recesión mundial no impiden que nuestros centros comerciales se sigan abarrotando cada fin de semana, que las ventas de productos Apple alcancen cifras astronómicas (por encima de la tesorería de EEUU)y que una gran parte de la población española declare que se considera feliz, aunque dicha felicidad sea necesario comprarla.

Uno de esas frases que se repetía con frecuencia estos días en los medios, era que el gran mérito de Jobs fue la creación de nuevas necesidades que hace poco ni tan siquiera soñábamos que tendríamos. Se trata del principal mérito de las sociedades capitalistas, la facilidad para convertir a un ritmo vertiginoso necesidades superfluas en necesidades básicas (¿quién puede vivir hoy sin móvil?)

Pero, ¿realmente necesitamos el último Iphone para ser felices? ¿Se puede realmente cambiar una sociedad, por muchos 15-m que se organicen, que en el fondo nos encanta a todos? ¿Una sociedad de individualistas, caprichosos y consumistas (como ya denunciaba Ortega en "La rebelión de las masas) que critica el reverso de la moneda neoliberal, pero que no duda en cambiarse de bando a la más mínima oportunidad?

Quizá haya llegado el momento de volver la cara también a pseudo-movimientos anticapitalistas y, al igual que Diógenes, retirarnos a mofarnos de un mundo en el que los aparatos tecnológicos han sido elevados a la categoría de deidades, a nuestro propio tonel.


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