El genero literario de la autobiografía siempre me ha fascinado. Siempre hay algo poético y a la vez extraño cuando uno hace ese ejercicio de contar-se y contar-nos. Decía Derrida que la autobiografía en el sentido clásico del término es imposible porque presupone una identidad del sujeto.Y eso es mucho presuponer. Cuando escribimos sobre nosotros mismos lo hacemos pues en su opinión, buscando un fantasma y tratando de restituir-nos.
Puede que la autobiografía, en tanto que búsqueda de una identidad, con una presuposición de un yo y una linealidad, en resumidas cuentas, con su relato perfectamente construido, haya sido por esa razón un género frecuentemente cultivado por mujeres. En tanto que ellas siempre han dado mundo pero no han hecho mundo, pues éste siempre se ha plegado a categorías masculinas y androcéntricas. Quizá cuando Simone de Beavoir escribía sobre ella misma en "El segundo sexo" estaba entregando su propio cuerpo como espacio de manifestación política. Y muchas mujeres, cansadas de que se les diga cómo tienen que sentir y vivir a través de una mirada extraña, vieron en la pluma de Simone la identificación con una problemática que en su sociedad puede producir burla o indiferencia, cuando no es simplemente tabú.
La autobiografía sin embargo, siempre asociada a jovencitas que escriben diarios en la intimidad de su cuarto ante la necesidad de expresarse en un mundo que no las deja, no se queda ahí. Ahonda en lo más profundo de nuestro ser, permite que lector y autor entren en comunión (comunión viene de koinónia, koin: lo que hay en común), nos permite dar cuenta de un proyecto de vida, re-encontrarnos a nosotros mismos y permitir que el otro forme parte de nuestro mundo, deje de ser un desconocido, deje de ser la persona que conocemos por los libros de historia o los medios (persona viene de person, la máscara que utilizaban los actores de la tragedia griega) y se convierta en com-pañero que com-parte su vida contigo.
La posibilidad de que cualquiera hoy día pueda abrirse un blog, un twitter, un instagram o qué se yo cuantas redes más, hace que afloren las autobiografías del mañana. Ya no escribimos diarios, pero la autobiografía ha llegado sin embargo a su momento álgido: todos compartimos hasta los detalles más insignificantes y lo privado y lo íntimo se mezclan y se confunden.
Ya no es la necesidad de expresarse o buscar tu identidad, como mujer, como judío, como aquel que quiere señalar una realidad que para los medios afines al poder no existe. No. Ahora parece que de lo que se trata es de exhibirnos en una especie de hiperrealidad en la que el cariño y el ego se mide por megustas facebookianos. No buscamos el yo, buscamos algo más allá. Buscamos el ego. Alimentarlo con la aprobación de los demás. Y al mismo tiempo, formar parte de una comunidad que a fuerza de deslocalizarla ya no encontramos en ningún lugar. Hoy todos somos estrellas y hoy todos nos contamos. Pero en vez de contar lo que un sujeto de comienzos de siglo XX habría soñado, el relato de los sin tierra y sin nombre, el relato detrás de aquellos que a fuerza de manipular la realidad la acaban acomodando a sus intereses, contamos lo más simple y banal de nuestras insignificantes vidas. Y conviene recordar que lo que nos hace humanos, no es lo social. Así que aunque resulta incuestionable el papel social de estas redes, quizá algo de humanidad se nos está perdiendo por el camino después de todo.
Me queda un consuelo: hoy la autobiografía no es el género literario de segunda que fue casi hasta nuestros días. Hoy, gracias a las redes, hasta nuestro vecino más zoquete lo cultiva. Hoy la literatura nos envuelve y la autobiografía ocupa el lugar que se merece. Y yo, brindo por ello.

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