martes, 22 de octubre de 2013

Ideas y creencias

Me ahogo. Necesito respirar aire puro, aire no viciado. Acudo a Ortega, que en "Ideas y creencias" distingue dos tipos de interpretaciones del mundo. Tanto las ideas como las creencias, dice, son pensamientos, interpretaciones necesarias de un mundo que nos viene dado y que necesitamos para orientarnos y acomodar el mundo a nuestras necesidades. Pero si bien a las ideas llegamos como fruto de la actividad consciente del sujeto y las sentimos como obra nuestra fruto de nuestro pensar, las creencias nos vienen dadas, operan desde el fondo de nuestra mente. Aunque muchas veces también sentimos que las creencias son fruto de nuestra actividad consciente, no son sino ideas que están en el ambiente: nuestra cultura, nuestra educación, nuestro contexto nos impone una determinada cosmovisión. Hay creencias religiosas, pero también filosóficas, científicas... Ortega hace hincapié en el hecho de que el mundo no está ahí, frente a nosotros, sino que es una interpretación dada a aquello que sale a nuestro encuentro, una idea. Al dar un salto y "creernos" que esa idea se corresponde con la realidad, nos instalamos plenamente en la creencia. "Las ideas se tienen, en las creencias se vive".

Vuelvo al mundo. Se ve diferente ahora. Conviene cuestionar todas nuestras creencias, pero me encuentro con un muro teñido de maniqueísmo. Resulta muy difícil apearnos de nuestras creencias, puesto que a menudo las identificamos con principios irrenunciables que forman parte tanto del mundo como de nosotros mismos y renunciar a ellas significa tanto como renunciar al horizonte de sentido del mundo al tiempo que nos perdemos a nosotros mismos. ¿Qué soy sin mis creencias?

Esa aguda crisis que sufrimos cuando el mundo ya no se acomoda a nuestras creencias es la que sacudió a Emma Goldman cuando acude a la URSS dispuesta a unirse a la gloriosa revolución capitaneada por los bolcheviques que tanto había alentado desde su país de adopción, EEUU. Esto escribía a su llegada: "Rusia soviética! ¡Tierra sagrada, pueblo mágico! Has llegado a simbolizar la esperanza del hombre, tú sola destinada a redimir a la humanidad. He venido a servirte, amada matushka. ¡Acógeme en tu seno, déjame entregarme a ti, mezclar mi sangre con la tuya, encontrar un lugar en la heroica lucha y dar hasta el infinito para saciar tus necesidades!"

Y se aferró a sus creencias, como tantos otros, durante algún tiempo más hasta que, por suerte, un mundo muy diferente al imaginado le hizo cuestionarse la barbarie que estaba apoyando y volver al campo de las ideas, esto es, al de la reflexión no dogmática que convierte a Emma finalmente en una de las personas más odiadas por parte de la potencia comunista a la vez que por la potencia capitalista que no le permitió volver a la "tierra de la libertad" nunca más, desde que en 1919 fuera expulsada y calificada como "la mujer más peligrosa de América".

Abro el libro que André Glucksman escribió junto a su hijo a raíz de su apoyo a Sarkozi en las presidenciales de 2007: "Mayo del 68 explicado a Nicolas Sarkozi". Y leo la siguiente anécdota:

Paris, tres de la tarde. El metro está casi vacío. Frente a mi se sienta una joven con un bebé precioso en su cochecito. El niño me sonríe, yo le respondo. Ahí estamos. Inmersos en una conversación sin palabras.. Unas cuantas estaciones más tarde, la mujer se levanta, el niño agita la mano y se despide. Entonces se acerca un hombre  de mediana edad, con aire afable  y compuesto:

-¿Es usted Glucksmann?
-Sí
-Llevo un rato observándole-prosigue sin agresividad- ¿Cómo puede sonreír a un niño y votar a Sarkozi?

Glucksmann justificó su eventual apoyo a Sarkozi porque desde la izquierda se miraba hacía otro lado mientras Rusia estaba aniquilando a los chechenos. El propio Glucksmann sabía de lo que hablaba, se jugó la vida en Chechenia y criticaba con firmeza que las potencias se pensaran tanto una intervención militar cuya urgencia se acrecentaba a medida que se incrementaban las víctimas.

Glucksmann llegó incluso a justificar su apoyo "por ser un hombre de izquierdas". Él también se saltó el estrecho campo dogmático que define el campo ideológico al que se supone pertenecen los intelectuales de izquierdas. Expulsado desde 1955 por el partido Comunista por oponerse a la invasión de Budapest y a los crímenes estalinistas, desde entonces al igual que otros se ha ganado la antipatía del rígido academicismo francés, de la izquierda y de la caduca, rancia y xenófoba derecha gala. Vaya por delante que no comparto, como tampoco su hijo, sus peligrosos compañeros de viaje en los últimos años ni su belicismo eurocéntrico. Es sólo un ejemplo de lo que te complica la vida salir de la disciplina del partido, de la universidad, de tu círculo sindical, de lo que supone ha de pensar alguien de izquierdas, en definitiva: lo que te complica la vida pensar por ti mismo, lo difícil que es mandar a la mierda las creencias, lo difícil que es vivir cada día una crisis de sentido, lo difícil que es que
se desmorone el mundo a tus pies cuando creías que lo comprendías todo. Quizás, si se educase no desde el adoctrinamiento sino desde el fomento de la independencia de pensamiento, desde las ideas y no desde las creencias, el diálogo multicultural y la construcción de una sociedad diferente se abrirían paso entre tanto odio y enfrentamiento de mundos herméticamente cerrados en torno a sus creencias.

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