A mis hijos, Sócrates y Leslie. Y a mi mujer, Ana:
Nunca me sentí demasiado apegado a estas fechas. Qué os voy a contar a vosotros que me conocéis tan bien. Si bien algunos reconocen haber recorrido un camino desde la ilusión infantil hasta la maduración de la edad adulta, en la que te das cuenta del montón de mierda capitalista que representa la Navidad, ese no es mi caso. No recuerdo el instante exacto en que perdí la ilusión, sencillamente, nunca la tuve.
Ya de muy pequeño debía ser un niño incómodo. Demasiado rebelde me decía mi madre. ¡Qué disgusto se llevaron en las navidades de 1981! Yo sólo quería cenar mis macarrones de todas las noches, no comprendía cómo, si Jesus venía de una familia pobre y humilde, teníamos nostros que conmemorar su nacimiento con un gran banquete y muchos regalos. "¡Si ese es el espíritu de la Navidad, a la mierda la Navidad!" Aquella frase me costó la primera y única bofetada que me dió mi padre en toda su vida.
Por supuesto, yo no entendía de capitalismo, ni de sociedad de consumo, ni de plusvalor. Yo no era comunista, ni había leido a Marx, ni a Engels...¡sólo era un crio que no entendía porque la gente aparentaba tanta felicidad y se volvía tan loca comprando en un mundo tan desigual! Pensaba que estaban traicionando las verdaderas enseñanzas de Jesus, de las parábolas que nos leían en la escuela...
Aprendí a callarme mis opiniones para no parecer un bicho raro, para evitar la acusación de de "aguafiestas". Decían libertinos como Gabriel Naudé, que aún a sabiendas de que la mayoría es ignorante y recorren todos el mismo camino que sus predecesores, como auténticos borregos, debíamos "seguirles la corriente" para tratar en la medida de lo posible de no escandalizar al vulgo con nuestras opiniones. Algo de eso había en mi actitud adulta, no quería que los mios sufriesen mis desmanes y en la medida de lo posible traté de seguir al rebaño aún a sabiendas de que me estaba comportando como "una oveja más".
Navidades del 2001. El verdadero punto de inflexión en mi vida. ¿Os acordáis de mi espantada de aquellas navidades? Aquel día decidí revelarme contra el sistema, y me quedé jugando en la máquina horas y horas. Me sentía bien, no quería volver a casa. El simple hecho de imaginarme a mis primos, tus hermanas, ¡mis suegros! Ya sabes como solían acabar esas reuniones, Ana. Pero tu erre que erre, "¡Hay que juntarse al menos una vez al año, y qué mejor que Nochebuena!" Me solías decir.
Aquel día, estarás haciendo memoria en estos instantes, tuve que encadenar una serie de mentiras para enmascarar:
1)Lo mucho que odiaba a tus padres y mi profunda repulsa a estas reuniones y, por extensión, a la Navidad
2) Que estaba enganchado al juego, y era más feliz -o al menos eso creía- junto a mi máquina que volviendo a mi monótono hogar. En el que sólo encontraba reproches y más reproches ante unos problemas económicos que comenzaban a acentuarse.
Si, cariño. Sé que todo esto te pilla de nuevas, que jamás lo sospechaste. Pero así es. Comencé echando el cambio del café y cuando me quise dar cuenta... No es casual que mi relato vaya ligado a las navidades. Eran las fechas en las que más me apetecía estar sólo, liberado de responsabilidades, de los niños, de un matrimonio que no funcionaba... Liberado de tener que sonreir a muchos a los que, sencillamente, te apetecería escupirles a la cara.
Es curioso, pero cuando comienzas a mentir, ya no puedes parar. Tejes toda una red de mentiras en las que debes ser muy cuidadoso con no delatarte a tí mismo. Pero creo que lo conseguí. Tampoco es algo de lo que me enorgullezca. Aunque tampoco me considero muy diferente al resto de los occidentales, todos vivimos una mentira. Y sólo me siento un miserable por el daño que os he causado a los niños y a tí, las personas que más quiero y más querré en el mundo.
Desde el divorcio no levanté cabeza. El juego representaba mi válvula de escape. Mientras jugaba, me sentía vivo. Excitado. Estaba cerca del premio gordo, lo presentía. "Cuando deje seca a la máquina, se acabaron los reproches. Pago todos los atrasos de la pensión y además le regalo ese abrigo que tanto le gustaba. No descarto que vuelva a caer rendida a mis pies..."
Era un funambulista que caminaba por la cuerda y sin red. Tú, harta de que no te pasase la pensión me llevaste a los tribunales. No te culpo. ¿Pero cómo iba a reconocer yo que estaba endeudado a más no poder? Prefería que pensases que era un mal padre a un ludópata.
Es 24 de diciembre, estoy solo y debería ser feliz. es lo que siempre desee, una nochebuena tranquila. Sin esa pesada carga de los familiares, sin mi mujer, sin los niños cambiándome la tele, sin mi suegro contando chistes malos con los que tenía que aparentar que tenían su gracia... Y fíjate la ironía, ahora, lo echo de menos. Ahora, que he tocado fondo, que no tengo a nadie en el mundo a mi lado para tan siquiera confesarle mi enfermedad y que me ayude a dejarlo, ahora decía, echo de menos esas nochebuenas familiares.
Quizás sería muy egoista lo que voy a hacer si mis hijos o tú me necesitáseis, pero eso hace tiempo que dejó de suceder. Sólo escribo esta carta para que los niños y tú me perdonéis y no me guardéis rencor. ¡Me hubiese gustado tanto ser un buen padre, un buen marido! Ahora ya es tarde, lo sé. Y no tengo ganas de seguir en la cuerda floja, estoy cansado, muy cansado.
Os quiero, recordarlo siempre. ¡Os quiero tanto! ¡Se que os costará pero os ruego que me perdonéis por todo!
Hasta siempre, vuestro grandullón.
En Madrid, a 24 de diciembre.
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