Cuando era pequeño solía pasar horas fantaseando en casa, imagino que como cualquier crío. Unas pinzas de la ropa o una pelota de papel me servían para remontarme a las pirámides de Egipto o convertirme en una estrella del balompié aclamada por miles de enfervorecidos seguidores. No ayudaba el hecho de ser hijo único, ni de ser un marginado en el colegio. Mis enormes gafas a muy temprana de edad me fastidiaron la infancia y por las tardes me refugiaba en casa jugando a ser otro.
Un día mis padres llegaron con una televisión a casa y desde entonces, las largas y solitarias tardes en el hogar, mientras ellos trabajaban, me las pasaba viendo aquel aparato cuasi mágico, capaz de transportarme allí dónde mi imaginación no llegaba.
Sin apenas darme cuenta, y en el sofá pegado a un televisor ya en color, me convertí en un adulto moldeado por aquel trasto. Dejé de estudiar a los 16 y encontré un trabajo que me permitía pagarme mis gastillos tras agotadoras jornadas y sentarme cada noche frente a la tele para olvidarme de que era un ser humano.
Pero una noche se estropeó mi vieja compañera, aquella que me libraba del engorro de tener que escucharme a mí mismo. Me sentía perdido y desorientado pues sólo sabía recibir órdenes y ejecutarlas con premura, ya sea de mi jefe o de mi tele. Esa misma noche sonó el móvil y no sé porque, lo hice.
Aquella fue la primera de muchas mentiras. Me inventé que era un triunfador. Resulta que aquella llamada de la que os hablé la hizo un familiar de esos que sólo se acuerda de uno para felicitarte el cumpleaños.Y resulta también que fue el primero en recordármelo y como me preguntó por mi vida, más por compromiso que por verdadero interés, yo me enredé en una historia que iba creciendo a medida que el interés de mi interlocutor crecía.
Quizá fue la falta de mi fiel compañera la que me obligó a volver a reunirme conmigo mismo, pero resulta que cómo hacía años que ésta no se producía, caí en la cuenta de que no era una persona y por tanto, no tenía con que llenar mi existencia. Así que cada día desde entonces me inventaba un personaje nuevo que llenase ese vacío.
Mis relatos eran incongruentes, tan pronto era un emprendedor de éxito como un padre de familia. Tan pronto un filósofo postestructuralista como un bohemio y cursi poeta. Tan pronto me levantaba siendo un maduro interesante, como me acostaba siendo una imponente jovencita. Y el caso es que todo a mi alrededor me seguía el juego. El día que decidí ser una preciosa jovencita, sin ir más lejos, me contrataron como secretaría en un despacho de abogados en el que no paraban de mirarme el escote. Me dio tanto asco que me hice feminista pero al día siguiente me hice abogado machista con las manos largas y me denuncié a mí misma.
Ahora me he muerto, pero parece que nadie me llora. Como nadie llora la muerte de los figurantes de una película de acción. Me pasé tanto tiempo enfrente de aquella televisión que no me había dado cuenta de que llevaba años muerto. Pero no hay tiempo para lamentaciones porque ya tengo mi peluca y hoy me toca ser estrella del rock. Y salimos a tocar en 10 minutos.
Autor: Ismael Luke.
BSO: Tote King. Mentiras.
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